Una breve historia del marco

Los marcos evolucionaron de los bordes de las pinturas funerarias de hace 4.000 años y luego en composiciones de mosaicos, que contenían escenas narrativas y paneles decorativos. El arte cristiano adaptó estos bordes tridimensionalmente a cubiertas de libros de marfil y luego a retablos. La función de estos elementos ya no era simplemente redear visualmente la composición, sino que adquirieron un valor simbólico. El oro y las joyas utilizadas eran representaciones de la gloria de los cielos. Los retablos de los siglos XIV y XV limitaban la sección transversal de una catedral y contenían cada una una parte de la composición. Estas piezas fueron los primeros auténticos marcos.
La evolución del marco pasa luego por versiones ostentosas para la nobleza y derpués marcos más comunes para obras no estrictamente religiosas. Cada país desarrolló estilos diferentes -marco cassera italiano en el Renacimiento, el marco Rococó frances del siglo XVIII, o formas más sencillas en inglaterra, combinando dorados y negros, soluciones más apropiadas a los panelados de madera o tapizados de pared igleses y cuando se colgaban cuadros en grupos.
En la Holanda del siglo XVII se utilizó frecuentemente caparazón de tortuga, ébano y otras maderas provenientes de las colonias de ultramar. El ébano era particularmente propular ya que complementaba los retratos de la burguesía de mercaderes que casi siempre salía retratada de riguroso blanco y negro, y también resaltaba los paisajes.
En Alemania, Austria, Italia y España estas enmarcaciones en madera asumieron formas más ornamentales, y con el uso de laminados se lograban diseños elaborados imitando ondulaciones de agua, y trabajos de cestería. En España se llevaba la policromía. Estos diseños muchas veces estaban inspirados en el trabajo de los ebanistas, como el Biedermeier en la Austria del XIX, y también en estilos arquitectónicos y así tenemos marcos Manieristas, Barrocos, Paledianos, Neocásicos, etc…
En el Barroco y el Rococó se estilaba especialmente papel de oro, que reflejaban bien la opulencia y el drama de la vida principesca del XVIII en Francia o la teatralidad de la espiritualidad de la Iglesia. La mayoría de las veces se trataba de marcos masivos y escultórico, que ayudaban a resaltar a las pinturas en entornos arquitectónicos ya de por sí recargados.

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